Loira Fernández
Directora del Centro de simulación clínica de Fuden
En el ámbito sanitario, la presión no es una excepción: es parte del contexto. Urgencias saturadas, decisiones críticas en segundos, comunicación con familias en momentos difíciles, trabajo en equipo en situaciones límite.
La pregunta no es si existe presión en la práctica clínica. La pregunta es: ¿debemos entrenarla?
La presión como parte de la realidad asistencial
Formar profesionales sin exponerlos nunca a escenarios exigentes sería prepararles para una realidad que no existe. Sin embargo, someterlos a un estrés innecesario o mal gestionado puede generar bloqueo, frustración o inseguridad.
Entonces… ¿cómo encontrar el equilibrio?
La clave no es la presión, es el propósito
Entrenar bajo presión tiene sentido cuando:
- El escenario está bien diseñado.
- Los objetivos de aprendizaje están claros.
- Existe un entorno psicológicamente seguro.
- Y el debriefing posterior permite transformar la experiencia en aprendizaje.
La presión en simulación no debe ser un fin en sí mismo. No se trata de “poner nervioso” al participante, sino de recrear condiciones realistas que permitan observar cómo se toman decisiones, cómo se comunica el equipo y cómo se gestiona la incertidumbre.
Estrés tóxico vs. estrés formativo
No toda presión es igual.
Existe un estrés que paraliza… y otro que activa.
Cuando el participante sabe que está en un entorno seguro, que el error no tendrá consecuencias reales y que después podrá analizar lo ocurrido sin juicio, la presión se convierte en un estímulo que mejora el rendimiento y acelera la curva de aprendizaje.
Sin debriefing, la presión es solo tensión.
Con debriefing, la presión se convierte en reflexión.
¿Qué entrenamos realmente cuando entrenamos bajo presión?
Entrenamos:
- Priorización clínica.
- Liderazgo.
- Comunicación clara.
- Gestión emocional.
- Trabajo en equipo.
- Toma de decisiones en incertidumbre.
Y sobre todo, entrenamos la capacidad de mantener la calma cuando el entorno no lo está.
Entonces… ¿sí o no?
Sí, debemos entrenar bajo presión.
Pero con intención pedagógica.
Con diseño cuidadoso.
Con seguridad psicológica.
Y siempre con un debriefing que permita integrar la experiencia.
Porque la presión forma parte de la práctica clínica.
Y aprender a gestionarla puede marcar la diferencia entre reaccionar… y responder.












