Día Mundial del Niño Prematuro: «Un dolor que aún persiste; salió de mí, lo vi, lo besé y se lo llevaron»

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16 de noviembre de 2022

«El dolor de empezar tu maternidad lejos de un bebé, al que apenas has visto, es algo que no sé si en algún momento se borra».

Uno de cada diez bebés nace de manera prematura en todo el mundo. En España, en los últimos 20 años ha crecido un 200% esta cifra. Por ese motivo, cada 17 de noviembre se celebra el Día Mundial del Niño Prematuro, con el objetivo de concienciar sobre el parto prematuro y mejorar la situación de los bebés prematuros y sus familias, ya que reducir la tasa de discapacidad de esta población infantil es uno de los retos fundamentales en el abordaje de sus cuidados.
 
El papel de las enfermeras es fundamental en este reto y acompañan en todo el proceso de cuidados a las familias desde diferentes espacios del sistema de salud en España. Desde el Centro de Simulación Clínica de Fuden hemos querido darle visibilidad a la importancia de estos cuidados pero esta vez,  dando voz a la vivencia de la familia y el bebé. Compartimos el testimonio de Marta, madre de Bruno, un bebé prematuro, que llegó a sus vidas con 34 semanas y 1,700 kg.

 

Para poneros en contexto, a mediados del primer trimestre me realizaron un cribado de riesgo de preeclampsia y di valores bastante altos, así que desde entonces estuve con medicación y controles. El embarazo fue perfectamente hasta que, en la semana 30, me atropellaron en un paso de cebra y todo empezó a complicarse poco a poco. A pesar de lo mal que suena, no fue grave. El diagnóstico: varias contusiones dolorosas, aunque no graves, en piernas y brazos y una fisura en el pie.

Lo único que recuerdo con agonía es llegar al hospital en la ambulancia, siendo seguida por mi mujer en taxi tras nosotros y con una tranquilidad que rallaba lo patológico hasta que, en las urgencias ginecológicas del hospital, un lugar que pronto sería como mi segunda casa, me dijeron: “Está todo perfecto, él no se ha enterado de nada”. Y ahí me rompí y eché a llorar con una pena y ansiedad que ni siquiera había sido consciente de haber retenido.

Hasta este momento todo el seguimiento del embarazo fue muy bueno, con profesionales más o menos cercanos, pero todos volcados y siempre dispuestos a informar y ayudar. Pero desde el día del atropello empecé a descubrir una parte aún más humana, cariñosa y absolutamente impagable de todas las personas que trabajan para ayudar a las madres y sus bebés. Si tienen que atropellarte embarazada, os aseguro que no hay mejor suerte que encontrarte con cada enfermera, auxiliar, matrona y doctora que me atendieron aquel día.

Finalmente, me marché a casa con mi diagnóstico, indicaciones de reposo absoluto hasta nueva orden y baja por “enfermedad” de al menos tres semanas. Pero ya no me reincorporé al trabajo hasta los cinco meses de vida de mi hijo. El cóctel del estrés por el atropello sumado al reposo absoluto hizo estallar la bomba de relojería y llegó la temida preeclampsia.

32 semanas ya eran demasiado

Antes de ingresar definitivamente, tuve un par de sustos con mis tensiones y por no notar a nuestro bebé con normalidad, pero tras unas horas de vigilancia y medicación, volvíamos tranquilamente a casa. Sin embargo, a los pocos días del atropello todo se volvió a complicar. Estaba cada vez más hinchada y con un tipo particular de inflamación que la enfermera me había descrito para advertirme. Además, mis tensiones ya no bajaban del límite, hasta que una noche lo superaron sin indicios de ir a bajar.

Fuimos al hospital con la tranquilidad de quienes piensan que van a que le pinchen o le den una pastillita para la tensión y vuelta al hogar. Pero esa noche, embarazada de 32 semanas, fue la última vez que estuve en mi casa hasta casi un mes después. Al llegar a las urgencias ginecológicas, me tomaron la tensión y la doctora, imagino que un tanto asustada, nos anunció sin preámbulos: “Bueno, pues vamos a intentar que el parto no sea antes de 48 horas para que dé tiempo a la maduración pulmonar, ¿vale?”

Así, sin más. Ahora nos reímos y sé que fue súper suave y amable y que en ningún momento me soltó aquella bomba sin tacto, sino por su propio susto. Pero imaginad cómo nos quedamos. Nosotras, que íbamos pensando que sería una pastillita y a casa, al escuchar que, a ver si con suerte, nuestro bebé no nacía con 32 semanas sino un par de días más tarde.

Me ingresaron a toda velocidad y, a la hora, ya me habían pinchado corticoides para la maduración pulmonar de nuestro bebe y habían empezado a controlar mi tensión con medicación intravenosa. Esos eran los dos frentes, el bebé y yo.

Intentar ganar tiempo controlando mi estado mientras que le preparaban para llegar al mundo un poquito antes de lo esperado.

Al día siguiente me pincharon la segunda dosis de corticoides, pero mi estado ya era mucho más favorable. Habían logrado estabilizarme, así que permanecería ingresada para intentar alargar todo lo posible el embarazo sin dejar de estar monitorizada en todo momento.

Esto es debido a que las complicaciones de la preeclampsia pueden afectar más a la madre, al bebé, o a los dos por igual y, en mi caso, fui yo la que sufrió dichas consecuencias, aunque físicamente no las pudiera apreciar. Siempre mantuvieron monitorizado a nuestro hijo, pero tenían claro que la fecha del parto se determinaría con alguna anomalía en mis valores hepáticos, renales o de tensión.

Semana 34 + 2

La fecha ideal habría sido en la semana 37, obvio, o, por lo menos, la 35, pero mis valores dijeron hasta aquí en la semana 34 + 2. Tras empezar a provocarme el parto en la noche del 13 de septiembre e intentar un parto natural fallido pero tranquilo durante el 14, en la madrugada del 15 nacía por cesárea nuestro precioso Bruno. A pesar de que mi mujer lo recuerda casi con terror, para mí aquellos dos días resultaron emocionantes, súper interesantes y muy bonitos. Y una gran parte se la debo a las enfermeras de ginecología, pediatría y quirófano, que fueron las que estuvieron en primera línea acompañándome, guiándome, informándome y siendo la cara más humana, amable y tranquilizadora de todo el proceso.

Por desgracia, el protocolo de este hospital contempla que, tras dar a luz, la madre tiene que ser rápidamente trasladada a la UCI para controlar que no se produzcan las temidas complicaciones de la preeclampsia. Así que aquí viene el momento realmente duro de este relato, el único que recuerdo con un dolor que aún persiste, aunque entienda que fue lo que debía hacerse. Según salió de mí, me lo acercaron para que lo viera y le diera un beso y lo llevaron a pesar y revisar. Mientras me trasladaban hacia la UCI nos permitieron un instante más con él, al acercármelo mi mujer en medio del pasillo que llevaba a mi nueva planta. Estuvimos un segundo los tres juntos y después me fui.

Priorizar el apego del bebé

A cambio, el protocolo del hospital también promueve la “no separación”, que no es otra filosofía que la de priorizar al máximo el apego del bebé, en favor del piel con piel, el inicio precoz de la lactancia materna y otras tantas medidas maravillosas. Entre ellas, la de que, si el bebé pasa de las 34 semanas, supera un determinado peso, respira sin ayuda y es capaz de alimentarse, no tiene que ser ingresado, sino que permanece en la habitación desde el minuto uno. Y nuestro pequeñajo cumplió con todas y cada una de las condiciones, así que sus primeros minutos de vida fueron en un precioso piel con piel con mi mujer, quien lo sostuvo con ella desde el primer momento hasta que los trasladaron a su habitación.

Nunca he podido agradecer lo suficiente que un pequeño de kilo setecientos durmiese a la vera de su otra madre desde el minuto uno en lugar de en una incubadora lejos de nosotras. Y, aunque el dolor de empezar tu maternidad a un edificio y cinco plantas de distancia de un bebé al que apenas has visto es algo que no sé si en algún momento se borra, lo compensa con creces el saber que le dieron la oportunidad de vivir sus primeros días de una forma tan natural, cuidada y sana.

Permanecí en la UCI dos días, a pesar de que las 24 primeras horas ya confirmaron que no se advertían secuelas derivadas de la preeclampsia. Todos los valores estaban perfectos tras el parto y así continuaron, pero no quisieron arriesgarse. A cambio, el equipo de matronas de lactancia me visitó en la UCI para orientarme con la subida de la leche y los primeros pasos de esta lactancia atípica, al tiempo que guiaban a mi mujer en el cuarto.

Ella alimentó a Bruno ayudada de una jeringuilla y su dedo para que no perdiera el reflejo de succión y, al mismo tiempo, yo empecé a estimular mi pecho con un sacaleches cada tres horas. El resultado, un éxito. Mi leche subió con mucha normalidad, a pesar de estar lejos de él y de haberse tratado de una cesárea y, cuando al fin me sacaron de allí, pudimos comenzar con la lactancia.

No fue sencillo, ya que tuvimos que intercalar el pecho con la lactancia materna diferida porque al ser tan pequeñito era primordial que engordase, pero estuvimos tan asesoradas en todo momento que no hubo dudas ni ansiedad, solo un tranquilo aprendizaje mientras iba conociendo por fin a ese pequeño precioso que en realidad ya llevaba conmigo casi ocho meses.

Echando la vista atrás (cuando nos ponemos durante horas a ver fotos de él recién nacido), nos damos cuenta de lo increíblemente pequeño que era e impresiona. Pero en ese momento en el que estábamos en el cuarto con él y todo transcurría exactamente igual que con el resto de los bebés de la planta, nacidos a término, no éramos conscientes. Sólo disfrutábamos de él y nos íbamos haciendo a esa nueva situación, protegidas por la profesionalidad del equipo sanitario y todos los medios que pusieron a nuestro alcance, como una cuna especial con fototerapia para mejorar su bilirrubina sin tener que dejar la habitación nunca.

A la semana de haber nacido, tras haber cogido peso y dar todos los valores normales, nos fuimos con nuestro pequeñajo a casa, listas para afrontar esa nueva etapa. En ella, nos han acompañado tanto o más que durante el embarazo al tratarse de un prematuro: hemos tenido un seguimiento casi semanal en nuestro centro de salud durante los primeros meses, que poco a poco se fue espaciando, y un seguimiento mensual hospitalario. Además, como población de riesgo, le han incluido en varias vacunas y tratamientos preventivos, además del calendario habitual.

Y el resultado es que un pequeño que no hace tantos años o que en otros países hubiera tenido una evolución delicada y una salud complicada o quizás terminal, ha esquivado hasta el más mínimo catarro durante casi 10 meses, creciendo, engordando y alcanzando hitos con una normalidad y felicidad que nosotras, como madres, valoramos con una gratitud infinita. Así que sí, a pesar de algún que otro escollo, somos mamis de un prematuro y tenemos una suerte infinita. Gracias por todo lo que hacéis, sanitarios y sanidad pública, no hay forma de devolveros todo lo que dais.

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